Hemos leído y escuchado mucho sobre “el silencio de María”, un silencio que le permitió escuchar la voz Divina, acoger su Presencia y asentir el proyecto en el que ella tendría un papel único e irrepetible. Pero este modelo mariano ha funcionado también en las relaciones sociales y en las relaciones de género de manera poco inocente y muy interesada: “el silencio de María” ha configurado el modelo de mujer capaz de callar siempre y ante cualquier circunstancia, de soportar vejaciones y de guardar sus sentimientos y sus expectativas personales, sus temores y sus alegrías como si estos no formaran parte de su persona... Este modelo ha sido utilizado como instrumento arrojadizo sobre la supuesta locuacidad femenina: puro cotilleo y parloteo incesante, hablar poco inteligente y sin sentido. “Frente al silencio” de María: su saber estar en completa sumisión y recogimiento ante Dios y los hombres, “su tono de voz grave” y “sus palabras concisas”, se coloca la palabrería fácil y la voz chillona e histérica del común de las mujeres... Algunos textos evangélicos referidos a María, interpretados por varones eminentes desde los primeros siglos del cristianismo, han contribuido a forjar un silencio social, especialmente femenino, de corte servil, anacorético y monacal en el que la figura de María de Nazaret ha sido el mayor y mejor emblema. Dice Epifanio el Monje (siglo VIII): “Su índole y conducta era así: respetable en todo, hablaba poco, obedecía con prontitud, era afable y muy modesta con los varones, sería y sosegada, fervorosa en la oración, reverente, cortés y respetuosa con los hombres, de tal manera que todos admiraban su inteligencia y sus palabras” (Vida de María). Es una bella estampa, pero si no se la situa en la época histórica de los primeros siglos del cristianismo y en el ambiente monástico en que nace este escrito, puede crear cierto, o mucho, rechazo en la cultura, incluso religiosa, que hoy vivimos.
Nos preguntamos si María sigue siendo hoy paradigma de un silencio tan necesario para la vida humana como las palabras. Porque estamos tan necesitados/as de silencios llenos de vida como de palabras que comuniquen vida. Nuestras relaciones humanas están necesitando la armonía de los silencios hechos de lucidez, de cordura, de cordialidad hacia todo y hacia todos. La respuestas es obvia: El silencio de María de Nazaret, como modelo de relación social y divina es, no sólo actual y necesario sino imprescindible. Muchos ambientes de nuestra sociedad están al borde de la sordera crónica y universal, provocada por el griterío incesante, por los ruidos convertidos en falsos acordes y por el vocerío revestido de ridículos o inexistentes mensajes... Si, necesitamos el paradigma de un silencio que exprese y comunique libertad y compromiso con la vida, como el de María. Porque el silencio que ella viva ayuda a recrear un ambiente en el que la escucha y el diálogo vuelven a ser un valor humano que da entrada a lo Divino; porque es un silencio que ayuda a expresar el valor de la palabra que comunica lo que se gesta dentro, en lo mas íntimo del corazón y de la mente. Ella sigue siendo modelo de persona capaz de estar en silencio para escuchar la Palabra/palabra, sin ninguna otra pretensión que crear la acogida mutua entre los dialogantes. Con María, los discípulos y discípulas de Jesús podemos ofrecer al mundo un silencio lleno de contenido, de sentido y de creatividad, lleno de vida (cf Jn 1,1-18)
Texto: Trinidad León
Fuente: La Merced-Caminos de Liberación



















